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RIVER PLATE HUMILLA A WILSTERMAN POR LA COPA LIBERTADORES

El fútbol se inventó para noches así. Esas en las que aquello que pasó unos días atrás, con las mismas camisetas, parece un espejismo, una mentira, un cuento chino. Y lo que estalla ahora, un cuento de hadas. No puede ser que Scocco , el mismo que en la otra cancha había fallado goles que haría su hijo, haga los que ni siquiera intenta. No es verdad que Olivares, el mismo que desviaba hasta misiles norcoreanos siete días antes, ahora no pueda ni con los pases que le dan los compañeros. No suena real que un partido de cuartos de final de la Copa Libertadores termine con una diferencia de 8 goles. No es verosímil que dos equipos cambien su piel en un lapso tan corto. No puede ser. O sí, porque el fútbol se inventó para noches así.

El fútbol se inventó para que sea una ilusión, una excusa, una oportunidad para creer en algo. Y en la noche del jueves River se regaló el capítulo que le faltaba para discutir el estatus histórico en el que quedará Marcelo Gallardo . Una remontada así, inédita por la distancia que había que recortar, se sentará en un lugar del museo del club. Y él estará adentro.

El fútbol es un estado de ánimo, que de ningún modo alcanza para explicar una goleada semejante. Porque decenas de veces un marco como el que ofreció anoche el Monumental -una mezcla de expectativa, histerias y éxtasis iniciales- inhibe a propios e insufla los temperamentos de los rivales. No fue ésta.

Desde el comienzo, con los libretos predecibles, se escribió un guion sin saltos ni matices. River llevó a la práctica lo que su entrenador había diseñado en el encierro de Cardales, donde el plantel se había alejado de su hábitat natural por dos días: presión asfixiante, ataque constante por las bandas, pases veloces. Y goles, muchos goles. El primero, una definición con clase de Scocco -el que inició una cuenta propia que terminaría en cinco y una ovación que no olvidará- nació en un pase de Ponzio filtrado y descubrió una paradoja: fue de contraataque. El esquemático equipo boliviano, aparentemente experto en hacer coberturas defensivas y achicar espacios hacia atrás, de pronto había olvidado sus papeles en Cochabamba. Le habían convidado de su medicina, la que le había inyectado a los dubitativos Maidana y Pinola en la altura.

Fue tal la diferencia de carácter que a cada minuto que pasaba, los jugadores de River empezaban a parecerse a superhombres mientras que los visitantes se reducían a versiones violetas de Minions, esas criaturas que divierten en el cine. Los actores centrales, los que hacían estallar a la platea, eran los que estaban vestidos de rojo y blanco: Scocco, el principal, Enzo Pérez, en su primera gran noche con esa camiseta, Nacho Fernández, una mezcla de lucidez y verticalidad…

Aunque no iban a ser para ninguno de ellos las luces del final. Ese espacio, el del aplauso que corona, iba a quedar para el protagonista detrás del que se encolumna River desde hace más de tres años. Santo y seña de este trance histórico, Gallardo había dicho -aún bajo los escombros del 0-3 de la ida- que afrontaba el desafío más grande de su carrera como entrenador. En un escenario preparado para sufrir, al final superó la prueba con tanto fútbol que, en un Monumental entregado por completo y para siempre a él, los hinchas ni siquiera tuvieron que implorar por una hazaña ni reclamar un arrebato de épica. También por esa resolución inesperada la de ayer fue una noche inolvidable.

 

Fuente: LaNación

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